La cuarentena de la marmota

¿Qué nuevas cosas veríamos si nos pasáramos los próximos doce o dieciocho meses entrando y saliendo de cuarentenas?

Eduardo Marisca | 14 Apr 2020

Interstellar, de Christopher Nolan, es una de mis películas favoritas. En un futuro no demasiado distante, un ex-astronauta (Cooper) es reclutado para comandar una misión hacia el otro lado de un agujero negro donde lo-que-queda-de-la-NASA espera encontrar planetas habitables a donde lo-que-queda-de-la-humanidad pueda migrar para escapar de un apocalipsis climático que ha hecho la Tierra virtualmente inhabitable.

Opacadas por las imágenes del viaje en el espacio y la complicada matemática mental de cómo la gravedad afecta el paso del tiempo quedan las escenas de la película que siguen transcurriendo en la Tierra. No llegamos a ver mucho de cómo se ha visto afectado el planeta, pero lo que vemos es significativo: la vida normal se ha visto interrumpida por agresivas tormentas de polvo que han hecho la mayoría de los cultivos del mundo inviables. Las poblaciones se han acostumbrado y adaptado a que estas tormentas pueden aparecer en cualquier momento, y a buscar resguardo tan pronto como las ven acercarse.

Pero a pesar de las tormentas, la vida continúa.

Las personas se adaptan. Desarrollan nuevos protocolos, nuevos hábitos. Tan pronto como se acerca la tormenta, empiezan a sonar las alarmas, y todos regresan rápidamente a sus casas. Se acostumbran a utilizar mascarillas y otros elementos de protección, y adaptan sus casas para ser abatidas continuamente por tormentas de polvo tapiando las ventanas. Las tormentas de polvo se convierten en la nueva normalidad.

No hay que hacer un salto demasiado grande para compararnos con nuestra situación presente. En el Perú estamos, al momento de escribir esto, en el día 30 de aislamiento social obligatorio. No tenemos aún claridad de cuánto tiempo más permaneceremos así, pero sabemos que no puede ser para siempre. Pero también sabemos, por múltiples análisis, que alguna forma de distanciamiento social será necesaria por un buen tiempo, quizás hasta el año 2022. Por lo menos hasta que exista una vacuna viable que se pueda producir a escala, medidas de cuarentena, aislamiento y distanciamiento serán necesarias por diferentes intervalos en diferentes lugares del mundo. Y en los próximos meses tendremos que adaptarnos a ellas, de una manera u otra.

En buena medida, y quizás de manera un poco traumática, ya lo estamos haciendo. Hoy día, al salir a comprar comida al supermercado o a la tienda de la esquina, tenemos nuevos protocolos: mascarilla, quizás guantes. Hacer la cola guardando distancia hacia adelante y hacia atrás. Limpiar todos los productos que compramos, así como los objetos que llevamos con nosotros durante la compra y poner a lavar la ropa sucia que vuelve de la calle. Lavarnos las manos con agua y jabón por veinte segundos, todo el día, todos los días. Estos son solo algunos de nuestros nuevos protocolos, nuestros nuevos hábitos cotidianos.

Hoy día, estos protocolos siguen siendo sorprendentes, hasta un tanto alienígenas. Pero si la situación se prolonga — como todo parece indicar — se convertirán en parte de nuestra vida cotidiana al menos por un tiempo, tal como Cooper y su familia emprenden el camino a casa tan pronto como suena la alarma de tormenta.

Aún así, como lo resalta un artículo reciente de Carlos Ganoza, la cuarentena permanente es insostenible — especialmente en el Perú, donde el alto grado de informalidad de la economía está haciendo el aislamiento extremadamente difícil para millones de familias que están teniendo que tomar una decisión imposible entre el hambre y el riesgo de contagio. En respuesta a ello, Ganoza ofrece la posibilidad de un enfoque, más bien, quirúrgico: una cuarentena dinámica cuyo alcance geográfico se ve determinado por una lectura rápida de la data epidemiológica. En función a los vectores de detección de nuevos casos, nuevos distritos o provincias podrían entrar y salir de cuarentena continuamente. Al mismo tiempo, “equipos SWAT” de respuesta sanitaria se movilizan siguiendo rápidamente los patrones de contagio para aislar a los infectados y hacer pruebas a escala en contextos localizados.

No tengo suficientes elementos de juicio para saber si la cuarentena seguirá mucho o poco, o si un enfoque focalizado y de respuesta rápida y basada en data es viable con nuestras capacidades sanitarias existentes. Pero puedo imaginar un mundo donde fuera posible y cómo sería vivir en ese mundo, donde se desplieguen tanto un conjunto de protocolos como una infraestructura que hagan que, al igual que para Cooper, la vida cotidiana continúe a pesar de las tormentas. ¿Qué nuevas cosas veríamos aparecer si nos pasáramos los próximos doce o dieciocho meses entrando y saliendo continuamente de cuarentenas?

En primer lugar, serían necesarios sistemas precisos de alarma y comunicación con las poblaciones afectadas. Cuando diferentes distritos o provincias entraran en estado de cuarentena, mensajes automatizados llegarían automáticamente a todos los residentes afectados indicándoles que la cuarentena está en efecto, así como a todos los visitantes/transeúntes indicándoles que abandonen o eviten la zona aislada. Al recibir la notificación, uno sabe que debe permanecer en casa y no salir excepto cuando sea absolutamente necesario para comprar comida o medicinas, o para buscar ayuda médica. Tan pronto como se levanta la cuarentena focalizada, el mismo sistema comunica a todos los residentes el cambio de estado y la normalización de la actividad.

Pero sería también necesaria la capacidad para monitorear a escala y con precisión los movimientos de gente entrando y saliendo de las zonas controladas. Puntos de control en las principales vías de entrada y salida podrían hacer seguimiento de un esquema mucho más dinámico y escalable de permisos de tránsito y salvoconductos para establecer quiénes pueden circular bajo qué condiciones, sin que exista tanto espacio para el abuso o el criterio individual de las personas ejerciendo el control. Esto es algo que ya hemos empezado a ver en algunos lugares del mundo: en China, por ejemplo, el gobierno colaboró con Ant Financial (la empresa que maneja la billetera digital Alipay) para brindar a los ciudadanos códigos QR que identificaban su estado de salud, para ayudar a las autoridades a monitorear de cerca el movimiento de la población a través de las ciudades infectadas y facilitando el rastreo de personas contagiadas. Aplicaciones similares existen en Corea del Sur y Singapur, y ahora empresas de tecnología como Apple y Google están desarrollando sus propias soluciones para contribuir al seguimiento de la enfermedad a nivel global.

En China, los ciudadanos pueden mostrar un código QR que refleja su estado de salud.

Esas medidas de control tendrían que venir de la mano de medidas de ayuda. Infraestructura sanitaria pop-up podría desplegarse rápidamente para realizar pruebas de descarte y para brindar atención a los infectados que la requieran — en la misma línea del hospital que se levantó en Wuhan en tan solo 10 días, o de los hospitales de campaña que se han levantado en el Central Park de Nueva York. Mecanismos de ayuda social y distribución de bonos económicos podrían activarse automáticamente para quienes viven dentro de las zonas afectadas. Y protocolos de continuidad tendrían que existir para el trabajo y la educación: si el supuesto es que en cualquier momento un trabajador o un estudiante podrían perder la capacidad de asistir presencialmente, el sistema debería brindarles opciones para seguir con sus actividades al mismo ritmo que los demás. Con lo cual, el nuevo default del trabajo y la educación pasaría a ser digital o remoto, siempre que las condiciones lo permitan.

El hospital de campaña montado en Central Park para atender pacientes de COVID-19.

Vivir en estas condiciones no es particularmente chévere. Sin pensarlo mucho, es un escenario más que un poco distópico, de limitaciones al movimiento y vigilancia permanente de la salud y el movimiento de la población — una suerte de pesadilla biopolítica. Pero sea a escala generalizada, o en una versión focalizada y de alta velocidad, es muy probable que algunas de estas cosas se vuelvan verdaderas en los próximos meses: mientras no exista una vacuna para el COVID-19, los contagios se van a seguir dando en picos y valles en función a las medidas que aislamiento y distanciamiento que determinen diferentes gobiernos, y a su capacidad para responder con el despliegue rápido e inteligente de capacidades sanitarias.

Lo interesante es quizás pensar que en lugar de que la enfermedad es la que se mueve mientras el sistema de salud se mantiene fijo, sea posible invertir la figura: que asumamos que en realidad la enfermedad está ya en todos lados, y es el sistema de salud el que tiene que moverse con agilidad e inteligencia. Es pensar en la respuesta sanitaria casi como si fuera un videojuego, donde estamos continuamente controlando áreas y respondiendo a nuevas alarmas que surgen en diferentes lugares del mapa, tratando de mantener casi todo el tablero lo más cercano a verde la mayor parte del tiempo que sea posible. Nunca hemos hecho un despliegue de capacidades sanitarias y tecnológicas de esta envergadura, y quizás no tenemos hoy las capacidades para hacerlo. Pero quizás tampoco tenemos opción más que crearlas.

De nuevo: este no es un futuro particularmente deseable. Pero sí es uno bastante posible. En Interstellar, vivir bajo la amenaza continua de la tormenta era lo que pasaba mientras el mundo esperaba que la ciencia encuentre alguna salida al problema — la posibilidad de que la humanidad toda pudiera migrar hacia un futuro mejor del otro lado del agujero negro. De manera similar, algunas de estas cosas podrían volverse necesarias para que ganemos tiempo para la aparición de una vacuna minimizando la cantidad de infectados e, inevitablemente, de muertes causadas por el virus. No se trata de que el futuro después de la cuarentena sea espantoso: al contrario, se trata de que hemos alcanzado tal grado de consciencia de nuestra propia especie, que entendemos que ciertos sacrificios son necesarios en el corto plazo para preservar la supervivencia de la gran mayoría de nosotros. Ese es el futuro mejor al que aspiramos del otro lado del agujero negro.

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Bienvenido a Mutaciones

Mi nombre es Eduardo Marisca y este es mi blog para imaginar futuros posibles en tiempos de pandemia global, a partir de un poco de diseño, tecnología y filosofía.

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